CAHIER ÂME, Libro Primero [o segundo]

DE LA JORNADA SEGUNDA

Sueño con un olifante, un valle perfumado de rosas bajo el cendal de la niebla y una lánguida doncella de espaldas. Pero cuando me descubro a dos pasos, el cariz de la aventura muda de signo y compruebo -horrorizado- que a donde voy es caminando hacia la muerte. Me despierto con un gran sobresalto y, al incorporarme tan mecánicamente sobre el lecho, he golpeado mi frente contra una madera y la alemana que duerme sobre mí se ha quejado. Luego he comprobado que algunos peregrinos enrollaban el saco dispuestos a irse y, sin ser capaz de localizar el izquierdo de los crocs, rebusco en la mochila unos calcetines y me dirijo, pisando duro, hacia los baños.

Ya una vez encerrado dentro de uno, al apreciar mis manos, he advertido que mis dedos se encontraban sanos como si nunca hubieran sufrido ningún daño. Así que he abierto con suma delicadeza la bandolera y, al sujetar el objeto contra mí, lo he percibido distinto. Decidido por ello a intentarlo, salmodio y con fe trato de entreabrirlo por tercera vez pero me ha sido imposible; así que me he resignado, y cuando ha comenzado a calentarse sobre mis muslos, sólo he alcanzado a ver cómo se formaban seis líneas quebradas que pronto se comportaron como si fueran gusanos y por lo que me asusté.
En el pabellón muchos habían comenzado a vestirse, las luces mortecinas de las circulares lámparas de forja alumbraban los nervios primerizos de algunos de nosotros. Había quien mostraba un amargo rictus en la expresión y había quien, como iluminado, se persignaba. El holandés que atendía nuestras demandas parecía feliz, había prendido incienso y hacía sonar canto gregoriano. Me interesé porque la música que se escuchaba me cautivó. Y el holandés me tendió el Cd señalándome el ‘Veni Creator’, eran los monjes de Silos: ”Accende lumen sensibus, infunde amorem cordibus”.

Todavía el amanecer no ha acabado de asomar cuando yo lo hago. Pienso en la conveniencia de dirigirme hacia el patio donde han dormido los españoles para desayunar juntos pero lo desestimo. Me gusta Bea, me gusta un poco por su desfachatez y también por su frescura pero Susana me inquieta porque no alcanzo a descifrarla y, además, me he percatado que al informático, a pesar de su estudiado desinterés, Susana le importa.

Los primeros pasos se dan por el sendero de un bonito bosque, aunque la carretera está muy cerca. El pasillo cubierto de ocres y rojiza hojarasca, mientras que la clorofila, el pigmento de la luz solar y el calor, ha comenzado a hacer reverdecer alguna hoja de sus árboles y la blanca nieve, que aún se conserva aquí, dibuja sus meandros. Una orgía para los sentidos mientras me alejo, casi furtivamente, de la majestad de la montaña y de ese pequeño enclave hospitalario a sus pies, que recién comienza a despertar entre las nubes que la cubren. Pero al alcanzar lo que en el Camino recibe el nombre de ”crucero” [6] me detengo a leer unas palabras curiosas. El bosque tenía un nombre, Sorginaritzagako Basoa: el robledal de las brujas. Porque en él se habían celebrado -supuestamente- algunos aquelarres durante el siglo XVI pero motivo, al fin y al cabo, que había conducido a nueve lugareños a la hoguera. Mientras que, para nosotros, la llamada ”Cruz Blanca”era un símbolo de protección. [6]

Y aquí damos con el tejido ganadero de la zona y, a continuación, con la carretera. Pronto el primer supermercado, éste aún cerrado y, ahí, un nuevo desvío, donde algún peregrino que ocupa las mesas sonríe con su pan, su navaja y su queso. Debo llevar andados poco más de dos kilómetros pero poco después ya es por el arcén de la calzada. [7]

En Burguete regresa el mismo blanco vasco-francés y la misma lava que dejamos de ver mientras nos íbamos alejando de Saint-Jean-Pied-de-Port. Llama la atención el canal de agua que hace que la primera casa, a la puerta, necesite un estrecho puente de piedra donde poner el pie. La acera es escurridiza pero está bellamente embaldosada. Cuando me pregunto para qué necesitarán el canal, una mujer vestida de blanco que huele a pan y que sale de la farmacia con un saco dice que, las belenas, las pequeñas callejas y el canal, son el producto de una relación sabida que tiene Burguete con el fuego. En el asador he visto al informático, así que habían madrugado más que yo pero también cómo se hacía el loco. Y en la esquina de la plaza donde se encuentra la iglesia una cabina. Pienso en mi hermana pero también en que ella no sería capaz de ocultárselo a Albany y me dirijo hacia el bar. Tras la barra una mujer muy atractiva, es uruguaya o argentina, probablemente esto último, no voy a preguntárselo, el marido es malencarado. Le pido que me corte un trozo de ese bizcocho y para beber un café con leche. El café me lo sirve el marido y a él le pregunto qué se debe. Una septuagenaria, una dama de porte distinguido, está sentada en la mesa de la esquina ajena a nosotros. Se sujeta el mentón con la articulación izquierda, y con los largos dedos de una mano fina se acaricia las hermosas arrugas que han ido evolucionando sobre esos prominentes y delicados pómulos. En la otra mano, la mano con el guante, algo llama poderosamente su atención mientras yo hago memoria y trato de recordar su nombre. Cavani, Liliana, no, un instante, ese tan solo es el de la directora. Estoy experimentado esa sensación tan incómoda de tener el nombre vibrando en la punta de la lengua, cuando ella me mira igual. Sí, del mismo modo en que la mujer del director de orquesta mira a Dirk Bogarde cuando su marido le pide la llave de la habitación número 25, como si no esperara encontrarme aquí y supiera quién soy yo. Viena, 1957, Il portiere di notte, a veces se recuerdan cosas muy estúpidas pero no lo importante y, entonces, la mujer deja sobre la mesa aquello que la abstraía, y ahí el nombre de la actriz se dispara, Rampling. Y soy yo quien se siente como en aquella escena se sintió Bogarde, turbado, aturdido, confuso. Porque era la muerte con su vaciado matérico, el único arcano que faltaba en el mazo de Sacáis porque Sacáis me lo dijo, que el juego había comenzado en Ostabat y que ese era el arcano sin nombre.

La mujer extiende la mano del guante con un gesto elegante y me ofrece que la acompañe. Luego se lo ha quitado y me la ha dado, una mano gélida que, sin embargo, ha tomado la mía con calor y, en seguida, después de presentarnos, hemos comenzado a hablar de Hemingway. [8]

Hemingway -dice- regresó muchas otras veces a Burguete y me habla de Kenia. Me cuenta que cuando viajó a Kenia en busca de las nieves del Kilimanjaro durmió en la misma habitación en la que supuestamente había dormido Hemingway, en un lugar rodeado por los masáis. Y yo le digo que en una ocasión leí un cuento de Hemigway. Un cuento en el que una muchacha mira a unas colinas y le parecen tan preciosas como elefantes blancos. Lamentando que Hemingway haya llegado a sentirse tan desesperado, como para pegarse un tiro con una escopeta.

El hombre, que antes me pareciera malencarado, se ha despedido de Solange como si fuera una vieja amiga, y ambos hemos encaminado nuestros pasos hacia la iglesia. [9]

Solange había pernoctado en Arnéguy y Manoj la había sobrepasado con su bansuri antes de llegar a Burguete, ayer a la tarde, en el robledal de las brujas.

Unas flechas que atraviesan la carretera nos indican que debemos girar hacia la derecha. Y en pocos pasos, tras el descenso por unas escaleras de piedra el primero de los puentes de la etapa, éste de madera sobre el arroyo Xorinaga y me quedo mudo de asombro. Alguien ha trazado a carboncillo, sobre la página de un cuaderno en blanco, seis líneas quebradas y ha dejado una concha con un ideograma chino sobre él. Solange dice que sabe lo que es, un hexagrama de ‘El libro de las mutaciones’ [10], K’un, que simboliza lo receptivo. Al parecer estas imágenes -para los antiguos chinos- podían predecir los acontecimientos, y en este caso lo propicio que era encontrar amigos al Oeste y al Sur. Así que me tranquilizo porque Solange coincide precisamente con esas coordenadas. Y después del Beheko-Zubia damos un largo paseo. Los montes caminan con nosotros, hasta que llegamos al primero de los portillos, que hay que abrir y cerrar, y cruzamos el segundo arrollo por un puente de piedra cantera y, tras algunos minutos el tercero, porque el Urrobi, del que estos deben de ser afluentes, anda cerca. Por entre la naturaleza los rayos de sol, y esa poesía y esa historia, antes de llegar a Espinal, o el nuevo Auriz, como leemos aquí.[11] Y todavía, aún, un cuarto regato y un pequeño repecho, que da lugar al Errekaxabalgo Bidea, un tramo de asfalto en descenso pero hasta las más artesanal de las fuentes de agua fresca que se pueda desear.

Y sucede una cosa curiosa. Una vez superado el invernadero de la calle Iturrizahar, nos encontramos con el partisano albanés con el que ayer Solange había estado compartiendo la tarde, un ser indescriptible que -en su endiablado dialecto- nos revela iba en su busca, porque había descubierto un lugar en Espinal que sospechaba que Solange querría conocer. Así que cuando, por la calle principal, veo que Nelson y Helga se alejan prefiero no llamar su atención, porque intuyo que el albanés conoce a Solange mejor que yo y sé, porque con Solange no puede ser de otro modo, que vamos a ir tras él hasta donde quiera llevarnos. Así que, en vez de seguir el Camino, nos movemos en dirección al albergue, en el sentido contrario, pasamos por delante de la cabina telefónica y la iglesia abuhardillada con sus ventanas replicantes, su pórtico y su torre del reloj, y continuamos por la N-135, en dirección al cementerio, que es el punto -según me explica Solange, que es quien ahora traduce- en el que se encuentran esas estelas. [12]

Las estelas habían sido talladas en piedra arenisca y caliza, con cruces griegas, orlas, radios hendidos, flores y pétalos, laberintos, un signo solar, un animal cuadrúpedo y la más singular de todas ellas, una extraña figura humana, que en movimiento, ase con cada mano los útiles consagrados del mago -eso dijo Solange.

Al parecer estas simbólicas creaciones de carácter funerario solían vincularse al nombre de una familia y lo interesante, en este caso, sería dar con los descendientes de ésta. Pero cómo fue que Solange convenció al albanés para que fuera en su busca, eso, yo no lo sé. Lo único, que ella, antes, le hizo volverse a la entrada de Bizkarreta [13], que se introdujo la mano izquierda dentro del guante y lo que le tendió fue lo que me pareció, el arcano que Sacáis puso en su mano.

La pista en Bizkarreta es arrojada. Después retoma el servil asfalto y, poco más adelante, la marga, arcilla o arena y la seba del trazado.

En Linzoáin vemos la iglesia y decidimos llegarnos hasta ella porque es románica, aunque se reformó siglos más tarde. Pero antes, a la altura del frontón le preguntamos a un hombre donde podemos comprar ese queso del que a Solange le estuvieron hablando en Burguete. El hombre nos dice que si lo queremos él mismo nos lo vende, que en su casa hay queso de sobra, del de la cooperativa de las ovejas de Roncesvalles, vino de Sangüesa y pan del que amasa su mujer, pasando bajo el puente de madera del que cuelgan conchas en vez de botas, a la altura de la casa Arnautena. Aunque nosotros donde nos sentamos es en el pórtico de la iglesia, San Saturnino, con el queso, el pan y el vino a disfrutar de todos esos sabores en un merecido descanso cristiano.

Al Camino, por esta misma calle en ascenso, nos dicen que vamos a parar igual. Yo casi más exhausto que Solange. La pendiente, en ocasiones, muy dura y el suelo, de todos los colores y texturas, incluso piso agradable y, esto no tanto, piso de cemento; se sube y se sube más, y se baja y se sube y sin ganas de hablar, cruzamos una vieja carretera y también nos encontramos con Shingo Yamashita, un peregrino al que sus amigos, José Mari y Nekane (que es Dolores pero en euskera), quieren que recordemos. Y habrán sido como cuatro o cinco kilómetros de monte, cuando alcanzamos la N-135 y vemos frente a nosotros otro lugar donde poder sentarnos a descansar, y continuar con nuestras confidencias. El día es muy agradable, no hace un calor exagerado aunque es un día de sol y ninguna nube.

-Fue una aporía. Estoy seguro – y mientras eso lo pronuncio frunzo el ceño algo cabizbajo pero de inmediato clavo mis pupilas dilatadas en Solange que expresa, arqueando ligeramente su ceja izquierda, que eso no lo comprende. [14]

Pues bien, tras esa aclaración y el relato del duelo de Solange hasta Nannay y Raveau no digo ni una sola palabra pero cuando Solange pronuncia el nombre de La Charité-sur-Loire, qué habrá visto en mí que, de pronto, se queda tan callada. Continúa, por favor, no te detengas ahora -le digo. Pero lo que ella dice, entonces, soy yo quien no lo comprende.

Solange había tomado el Chemin du Cimetière a la mañana, todavía temprano, tropezándose al pasar por delante con un vagabundo que al verla la llamó por su nombre como si la conociera, y le dijo que todo dolor encuentra su cauce cuando se yace bajo la piedra de la locura.

El camino del cementerio pronto terminó por conducirla a La Plauderie, donde Solange le preguntará a un agricultor si sabe donde puede encontrar un lugar llamado ”La Pierre de Folie”. Pero el agricultor la corrige y le dice que debe estar refiriéndose al dolmen. Solange, ante ese giro dado por las cosas, asiente pero reconoce seguir experimentándose todavía muy confusa. Uno por supuesto no entiende este tipo de confusión, si ese no sabe de qué confusión se le habla.

De Raveau sólo la separa una muy breve caminata pero ese día decide pasarlo en La Charité. En el café donde se detiene, en el Café de París, le recomiendan un hotel sencillo, La Pomme D’ore pero lo que la maravilla son todas esas librerías que descubre en la ciudad de los tejados azules. Se adentra, luego, en la oficina de turismo de la Sainte-Croix. Y a la salida ya sabe que comerá en el Auberge de la Poile Noire, encontrándose en la Place des Pêcheurs frente a Là où dort le Chat [15], donde un artista exponía sus obras en el escaparate. Así que Solange dice que se detuvo ahí y fue donde leyó mi nombre, porque detrás de un caballete, en el suelo y sobre una especie de losa de mármol, había un objeto ”ancien”. Primero eso dijo – y como si sus manos se hicieran humo- y a continuación se rectificó, y dijo que el libro llevaba por título el de ‘Le clignotant de Euler’. Así que, cuando se me escapa esa exhalación culpable, sonrío fatídicamente porque ya no hay vuelta atrás sobre lo dicho antes. Pero para mi incredulidad Solange se disculpa conmigo porque -tras eso- dice que siguió paseando por la Rue du petit Rivage hasta Quai Clemenceau, desde donde se encaramó al Vieux Pont y, tras dejar las aguas del Loira atrás, giró en la Rue du Pont, dándose de bruces con Les Palmiers Sauvages [16] y Marin Ledun [17].

Y lo que dice es que ese libro quiere regalármelo porque ella ya lo finalizó, y en el Camino hay que desprenderse de todo lo que supone un bagaje innecesario. Y también que -en cuanto lleguemos a Pamplona– va a tratar de ponerse en contacto con Lá où dort le Chat y va a pedirles que le hagan llegar el mío a Logroño, Burgos o León o -me pregunta- ¿es posible leerte traducido al español? Así que me río con esa gracia fingida que me hacen los encuentros matinales con la pérfida de la directora de la escuela y niego con la cabeza y esa suerte que me viene al paso, cuando asoma Jacqueline de Lyon y éstas se vuelcan la una en la otra con entusiasmo, porque se habían perdido de vista ayer que era cuando se habían conocido, mientras me recrimino a mí mismo lo imbécil que soy. Eso sí, cuando Solange -antes de irse con su amiga, porque yo les digo que todavía no me animo- ha recordado que me había prometido algo, rebuscando a tientas en su mochila y para tenderme el título de Ledun, el vértigo que he experimentado ha sido algo extremo. Un vértigo ensordecedor en el que me vi trasladado de inmediato al espejo del espíritu que fue aquella mañana la espera frente a La Rue en Pente, en el 29 de la Rue de la Poissonnerie [18]

Cuando me siento seguro de que nadie me está mirando decido echar una ojeada súbita al sólido. Las líneas se habían desplazado hacia la parte superior pero la última de ellas comenzó a vibrar como si la uña de un pulgar invisible estuviera produciendo un sonido en la cuerda de una guitarra y fue cuando vi como dos dragones bicéfalos, uno azulado como la noche y el otro radiante como el sol, combatían sobre los clarososcuros de una pradera cubierta por las sombras de unos árboles cuyas copas ni se alcanzaban a ver. Fascinado porque la sangre que manaba de sus heridas, que era negra y amarilla, formaba ríos, no podía dejar de mirarlos, hasta que percibí como esos ríos bañaban mis manos. Soltándolo como si volviera a quemar, dejé caer el objeto sobre la tierra que absorbía al instante la sangre y como hizo mi piel.

Así que temblando como me temblaban las piernas, me pongo en camino siguiendo a los que pasan, saludan y sonríen. Pero en cierto momento, escucho ese suspiro. El suspiro parece proceder del objeto. Y decido esperar a la primera oportunidad que me surja para apartarme del Camino, y en cuanto veo ese pasillo que se abre a mi izquierda lo sigo. Creo llevar una singular mariposa amarilla revoloteando por delante pero cuando experimento el retorcerse de dolor del tobillo me preocupo, más que por su baile, por la conciencia de mi mismo. Así que me doy media vuelta pero tan desconcertado que me siento, porque estoy frente a un dilema de lo que me parecen infinitos pasillos y no sé cuál de ellos tomar, y el suspiro se repite. Pero ahora es un cuervo lo que carraspea y posado sobre una rama tose sobre mí como si tratase de llamar mi atención o -pensándolo bien- como si se preparara para hablar.

Y, como no existe ningún otro testigo, no me intranquiliza lo que cualquiera pueda suponer. Voy siguiendo a un cuervo como si fuera el guía de este umbral, hasta que el cuervo se posa en otra de las ramas y de esa en otra, y así hasta que ya no levanta el vuelo. Bueno, yo lo miro y le hablo, lo miro y le hablo como he venido haciéndolo pero he aquí que el cuervo me responde en un perfecto francés: ”La rute à cent pas.” Eso y lo que me dijo después.

Oh mon Dieu! Un truc de ouf. Rien de vrai, rien que de l’apparence. Pero fue echar a volar el insólito córvido francoparlante y yo, en cien anticipados pasos contados, volver al mismo punto en el que me había desviado de la vía, donde para colmo me iba a tropezar con el partisano albanés que por fortuna, en cuanto me reconoció paticojo, decidió desligarse. Descendiendo a toda prisa detrás suyo, el tobillo hasta olvidé lo mucho que me dolía, alcanzando Zubiri en breve [19] mientras que el albanés lo desdeñaba y continuaba por el Camino. Y en una ventana sobre el puente llamado de la Rabia [20] Solange me estaba aguardando. Quería decirme que se había atrevido a reservarme una cama y se sentía algo preocupada porque no acababa de asomar. Ella y Jacqueline se habían estado turnando mientras cumplían con el ritual del aseo cotidiano, que en este entorno está pésimamente visto si se incumple. Y en cuanto yo lo hice nos fuimos en busca de un café donde sentarnos a charlar.

Jacqueline se apellidaba Rébuffet y había vivido su infancia y juventud entre Marsella y París. Pero eso es todo lo que, por ética, me siento autorizado a decir de lo que tras eso nos confió Jacqueline, cuando de pronto asoma por la puerta un miembro del grupo de ciclistas de Harvard, el mayor de todos ellos, que saluda a Jacqueline invitándola a acompañarlo a dar un paseo mientras nosotros nos sentamos en un banco de la plaza de la iglesia nueva de San Esteban, y yo aprovecho para pedirle a Solange que continúe hablándome de su camino en el punto en que lo dejamos cuando Jacqueline nos encontró. [21]

Solange, después de Neuvy-Saint-Sépulchre, había atravesado Cluis y Pommiers hasta alcanzar Gargilesse-Dampierre donde George Sand tuvo su maison y Solange su cama en el Hôtel des Artistes, decidiendo alojarse en él durante un par de noches porque, en el entrañable salón, esa tarde entabló amistad con una periodista amante del Chopin de los Preludios que, sin embargo, seguía la estela de la escritora, la controvertida Aurore Dupin. Se divirtieron juntas y Solange en des Artistes volvió a ser feliz tocando el piano, y me recomienda que, si transito esta bonita localidad algún día, no olvide visitar la cripta abovedada porque sus frescos me sorprenderán. Igual que a ella al día siguiente el bosque por el que se llega al embalse de La Creuse, un pasaje que se salva en barcaza y que entre aquella niebla plúmbea le trajo al pensamiento al barquero que inmortalizó Doré, heroico y anciano, sobre las agitadas aguas de la Estigia. Llegando a Crozant al final de la etapa. Y dos horas después, aunque ya en la mañana, a La Chapelle-Baloue, Saint-Germain-Beaupré y Saint-Agnant-de-Versillat, antes de alcanzar el final de la jornada en La Souterraine, nombre que le dio la cripta con la reliquia que guarda. Pero lugar en el que Solange pudo sumergirse por unas horas en una bañera a la luz de las velas, mientras el BWV 846 del libro primero de Das Wohltemperierte Klavier o Bach no dejaba de sonar. La noche antecesora de Pierre de Folle. [22]

Jacqueline regresa con el grupo de los americanos al completo y Solange y yo aceptamos acompañarles hasta el Gau Txori, que era donde ellos tenían previsto cenar cuando, al pasar por delante del albergue municipal, un vehículo comienza a darnos las luces y hacer sonar el claxon como enloquecido. Nos miramos los unos a los otros y no entendemos nada pero cuando el vehículo se detiene, y se baja de él Daniel, se trasluce que para nuestros amigos americanos algo insólito sucede. Y lo que son las casualidades o lo pequeño que es el mundo, y no quiero decir con esto que sólo lo sea para las élites pero ahora seguimos andando hacia el Gau Txori y somos uno más. Daniel ha reconocido entre los americanos a unos amigos de sus padres, ambos científicos, así que se ha bajado con sus cosas del coche de sus propios amigos y se ha unido a nosotros. Daniel y los amigos de Daniel habían estado celebrando un cumpleaños en la selva de Irati y ahora se dirigían a Pamplona.

Ya en el Gau Txori unos pedimos espárragos y menestra de primero y de segundo magras con huevos, entrecot, chistorra y menudillos de cordero y otros ajoarriero con bacalao y trucha con jamón, todo buenísimo y regado con el vino que nos ha recomendado el hermano del dueño, un Ochoa tempranillo del que Jacqueline apreció el sabor a fruta madura. ”Toco tu boca” -le digo en francés, porque percibía que el del paseo la tenía un poco olvidada [23] y Jacqueline me lo agradeció con un mohín cómplice muy gracioso. Y de postre una cuajada suprema de leche de oveja de la zona acompañada con anís de Pacharán, un destilado de licores que se produce a partir de las bayas del endrino y sabiéndonos a continuación a poco, el relato del último año vivido y que Daniel felizmente nos compartía [24]

Todos esos lugares de ensueño y también uno de los destinos más remotos, Papúa Occidental en Nueva Guinea. [25] Una expedición con 25 porteadores auténticos genios de la construcción de chozas. Una expedición inmersa en una guerra tribal que se había iniciado tan sólo hacía algunos días. Pero lo que más nos impresionó -estoy seguro- fue el asunto de las moscas de Uganda [26], cuando Dani nos describe esas picaduras que no se curaban y que le mantuvieron tres noches sin dormir porque el dolor era espantoso e iba y venía y hasta que se las explotó, mostrándonos uno de esos túneles que le excavaron los gusanos de las larvas que lo devoraban vivo y donde le cabía el meñique.

 

 

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